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Durmieron juntos durante más de sesenta años pero jamás se miraron. Tampoco supo nada el uno del otro, aunque él siempre sonreía en las fotos, pasándole un brazo por el hombro. Él se acordaba de cada detalle de su vida, de su olor, del color de sus ojos y de su pelo. Ella recordaba cada una de las palabras que le dijo hasta conquistarla. Y aunque todos esos recuerdos venían en blanco y negro, ella aparecía pícara y sonrosada en las dos versiones. Y en todas, ellos se aguantaban las ganas de cogerse de la mano por un Madrid singular, que se me aparecía tan desconocido que, en cada relato, se trataba de una ciudad distinta. Una ciudad que no era sino ésta, a una temperatura invariable, pero sobre todo, a distinta luz. Aquel Madrid era en tonos sepias, un Madrid encuadrado en darregotipos, un Madrid que no cabía en una lata de celuloide. Poco les duró saber mirarse. A medida que entraba el color en sus días, el ritmo de la vida, que en aquellos años 50 era mucho más cercano al de una capital de provincia que a la capital de España, salían las sonrisas. Cada día eran más desconocidos, así que cuando les tocó vivir, simplemente no supieron cómo hacerlo. Aquel Madrid que les congeló y les presentó para luego ir haciéndoles olvidarse el uno del otro cada día. No debió ser fácil trabajar todos los días del año, sin excepción, y llegar por la noche, después de mucha tinta y otros tantos trasbordos de tranvía.

un donostiarra llamado don pío me descubrió madrid

y hoy has dibujado una vida q en parte me aterra y en parte me seduce

y me pregunto... tengo miedo de la ciudadenmedio, ahora, q, pronto, será tb una de mis ciudades?

abrazos ausientes y aunpartidos desde mi habitación cerrada

"un Madrid que no cabía en una lata de celuloide" ... enorme. conviertes en entrañable casi todo lo que rechazo de la ciudad.

qué bonito, y qué fácil identificarse con tus palabras.

un excelente texto.
saludos desde acá

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Escribo para ti, para mi, para contarte y que descifres cuando quieras lo que necesites. Para hacerte recordar, para guiñarte un ojo, para darte la mano, para sonreír contigo... Gracias por comentar

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  • kay

  • Llegué por casualidad y por una conversación de cafetería envuelta en dudas. Encontré en los paraísos electrónicos los abrazos más auténticos... viajé sola por Kioto, por Dresden, embotellé lluvia y suelto lastre. Ahora sólo escribo, de oficio. Y en septiembre de 2009, años después de posarme para aterrizar, vuelvo a emprender una aventura voladora; desnuda y rellena de letras. bienvenido
radiografía
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tinta y prosa
y letras e historias con máscara
y cristales rotos...
y tus ojos, reinterpretándolo todo



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