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Taller. Práctica I. Descripción. Visibilidad

El animal se escurrió sin fuerza por el piso. Le faltaba un trozo de cola, por el sucio corte de la madera y el cepo metálico, colocado detrás de aquel orificio en la pared.

A cada paso corto iba emitiendo un gemido chirriante fino y afilado; y éste, se colaba entre todos los huecos e irregularidades de la madera del suelo.

Era un suelo sucio. Lleno, repleto, de trastos inservibles e inútiles, apilados contra las paredes. Con baldosas agrietadas, de gres marrón oscuro, y delimitado por rodapiés carcomidos, de contrachapado.

El animal iba arrastrándose por la superficie rugosa, encontrando especial dificultad en la separación entre adoquines, en que sus patitas se hundían, e iban quedando presas a cada poco. Cada junta era blanda, una franja de suciedad y moho esponjosa, carente ya, de la resistencia dura del cemento. Esta masa ralentizaba su huida, apresándole entre cada isla de suelo. Se convertía en el transmisor perfecto para sus chillidos, en el amplificador ideal para sus peticiones de auxilio. Cada quejido, atravesaba el circuito de juntas enmohecidas, y lo hacía subir por el cable de la luz y extendiéndolo a toda la estancia. Sonaba a roto, a horror, a dolor inmundo.

Él se limitaba a observar la escena divertido, a metro y ochenta y dos centímetros en vertical. Movía -por un innegable tic nervioso- los dedos de los pies, y lanzaba pequeños impulsos eléctricos desde las rodillas, consiguiendo así, marcar una especie de compás, mediante pequeños toques sobre el suelo. Era viejo, de la piel curtida, arrugada en la frente; llena de manchas antiguas y grietas de anciano. Manos grandes, con anchos dedos y uñas raídas. Uñas, que dejaban entrever líneas irregulares y negruzcas, y por debajo de cada una: una maloliente argamasa de sexo onanista y tierra de saco de jardinería.

Disfrutaba pasando su índice por el final del punzón, mientras le daba vueltas con dos dedos. Y reía por dentro, planeando la siguiente jugada. El roedor, abatido ya, avanzaba a tientas por el piso, golpeándose contra el quicio de la puerta de salida. -Te tengo- resonó el viejo. Y, agachándose blandió entonces la punta del compás en el lomo de la rata gris y gorda, inmovilizándola contra el ángulo de noventa del piso y la puerta. Olió a madera húmeda. Oyó un negruzco “ckrifs”, como se trincha la carne con un pincho para barbacoa. El animal se retorció por última vez, mientras sus huesos y articulaciones le sacudían con fuertes espasmos. Él inhaló entonces aquella atmósfera de sádico que le excitaba profundamente. Cerró los ojos fuerte, y notó cómo estaba atravesando vísceras, pulmones y vértebras. Hasta llegar al corazón. Y fin de la historia. Sólo quedaban unos cuantos hilillos de sangre, que resolvió fácilmente, doblando por el empeine aquella zapatilla de franela, que absorbió de punta los restos de la aventura.

Y cogiendo al animal ya trinchado, lo acercó al camping gas. Y lo asó para la cena.

decía alguien q escribir nacía de la miseria

y creo q la has conseguido retratar

abrazos ausientes desde el norte

Hm. Bien. Muy bien, de hecho :)

La he seguido hasta el final, la imagen es clara, y esa era la idea.
Tengo interés por leer el lapiz afilándose.

GATO NEGRO

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Escribo para ti, para mi, para contarte y que descifres cuando quieras lo que necesites. Para hacerte recordar, para guiñarte un ojo, para darte la mano, para sonreír contigo... Gracias por comentar

Remite


  • kay

  • Llegué por casualidad y por una conversación de cafetería envuelta en dudas. Encontré en los paraísos electrónicos los abrazos más auténticos... viajé sola por Kioto, por Dresden, embotellé lluvia y suelto lastre. Ahora sólo escribo, de oficio. Y en septiembre de 2009, años después de posarme para aterrizar, vuelvo a emprender una aventura voladora; desnuda y rellena de letras. bienvenido
radiografía
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tinta y prosa
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y cristales rotos...
y tus ojos, reinterpretándolo todo



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