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verticalidad opaca



… “¡A vivir que son dos días, que dicen! ¡Pero qué le voy a contar a usted, más que simplezas y redichos! Porque, señora Eulalia, usted sí que sabe de la vida”. Esta vez la portera había variando un poco su discurso, pero no mucho más que ayer, ni que los anteriores días, desde hacía varias décadas. Aquella mañana Eulalia, había agachado la vista para no tropezar, y sortear el escalón y el desnivel al cruzar el portón de madera de acceso a la calle.

Era una rutina diaria maravillosa, que quedaba sellada con olor a jabón lagarto en un cubo, haciendo burbujas enormes y oscuras; y con ese rabo de fregona despistado, que bloqueaba el tránsito: “¡qué cabeza la mía, todo por medio…! ya le quito estos trastos, me va usted a perdonar…”, y entonces Eulalia sonríe y hace un gesto de despreocupación, mientras con aquel ademán se abre paso lento por el portal, y coge entonces la calle abajo; hacia Ópera, pisando acera con unos zapatos gastados pero relucientes, de comedia musical, y dejando a su paso una entrañable mezcla de agua de Álvarez Gómez y flores secas de armario antiguo.

Hoy es algo antes de las 9. Ha bajado, como todas las mañanas a pasear por los jardines del Palacio de Oriente. De vuelta, en días como éste, con un sol de invierno limpio y precioso en matices, prefiere escoger la calle Mayor para subir hasta el callejón de San Ginés, donde desayuna, lee el periódico durante más de una hora, y charla distendidamente con el dueño, que le tira los tejos desde hace tiempo.

La puerta es pesada, Eulalia coge y tira para ella emitiendo un jadeo algo sonoro. De repente, se hace el calor, y empieza a ocupar sus pulmones, ese aroma fuerte le hace cerrar los ojos, y comenzar a desear con todas sus fuerzas aquel chocolate caliente con churros.

Toma asiento en una de las mesas más alejadas de la entrada, cerca de la gran caja registradora, una National de mediados de siglo pasado; prácticamente de su época. Quizá es porque esas teclas enormes y redondas, y ese color metalizado aún vivo, le traen a la memoria aquel viaje a Londres en la década de los cuarenta, cuando vio por primera vez tocar en el metro; era un acordeón enorme, y al lado del músico, la portada de The Times anunciando la muerte de Ian Morrison.

Gusta de ponerse en aquella esquina, pues consigue ocultarla de la gente de la barra. Del público no se preocupa apenas, pues normalmente está vacío. La gente desayuna algo antes, y es a media mañana cuando todo vuelve a ser barullo. Desde su esquina, desdobla el periódico y lo abre por la sección de cultura. Tras una ojeada rápida comprueba que hoy tampoco, han dedicado espacio a la danza. Sonríe intentando convencerse de que no es tan malo, y se esfuerza por no pensar demasiado en aquel festival de Moscú, en el que todo el mundo aplaudió de manera ensordecedora, y que a veces, aún recordaba si releía a Gogol.

Mientras tanto, Martín, el hijo del dueño, espera libreta en mano, mirándola con cariño, pues como siempre es él quien le toma nota. Y es así, porque es precisamente ésa, su zona de trabajo durante este mes. “¿Lo de siempre Eulalia?” Le pregunta el joven. “Buenos días Martín. Sí, lo de siempre… y mucha azúcar en los churros ¡eh!”. Al joven se le escapa una risa pilla, y mira a su padre, mientras mueve la cabeza y levanta la voz para decir… “¡Padre, más azúcar que ayer nos pide hoy la señola Eulalia!”. Y la anciana agacha la cabeza simulando falso sonrojo, cuando Mateo, el dueño, le devuelve una sonrisa amplia y le guiña un ojo. “¡Para qué quiere más azúcar, Lali, si tiene la sangre bien servida de edulcorante!”. Y entonces murmura bajito: “del azúcar, digo. Que es usted la más dulce de todas las clientas del café”.

Al llegar el desayuno a la mesa, la anciana, de ojos grises enormes y mirada triste, detiene la vista en aquella señora de enfrente, la que mueve, mientras lee uno de éstos bestsellers sobre los enigmas de la religión, un carrito donde un bebé de apenas un año, juega con un sonajero.


Entonces Mateo interrumpe su deleite por aquella criatura. “Lali, mujer, que no vamos a empezar hoy el día tristes, ¿no?”. Ella niega con la cabeza, mueve el chocolate con la cucharilla, y sacude la cabeza, arqueando las cejas… Sabe que su admiración por los niños ha ocupado toda su vida durante décadas, y que lo seguirá haciendo, mientras siga encontrando sentido y motivo a aquellos paseos por la plaza de la Cebada, observando la salida del colegio de éstos que pudieran haber sido sus hijos y no lo fueron.

“Eulalia, ¿cuándo me tomará usted en serio la proposición de salir a pasear a media tarde?”, comenta Mateo acercando una silla a la mesa de la señora Lali, que se aparta fingiendo sorpresa. “Hombre Mateo, que no estamos nosotros para éstos vaivenes, ¿no cree?”. Y la anciana le toca la mano despacio. Una mano llena de manchas que en su día fueron pecas, y hoy denotan una calidez enternecedora. Sabe que aquel hombre podría ser lo mejor que le había pasado desde hace tiempo, desde aquel abandono desgarrado, que la desterró definitivamente a su segundo piso de la calle del Arenal medio en ruinas, cuyas paredes son libros apilados, y espejos colgados del techo cogiendo polvo; y con la única compañía de tres gatos y siete peces.

He aquí la presentación de uno de mis primeros personajes. La dinámica consistía en definir un retrato robot del mismo, y después llevarle a comer. Y ésto es lo que ha salido

Quizás algún dia tod@s podremos pasear a media tarde en liberad :)

Recuerdo cuando me hablabas de este personaje y estuve a punto de dormirme. Es idéntico a tu descripción, aunque algunos detalles se me escaparon con algún parpadeo.
...increíble.

GATO NEGRO

me ha encantado :__)

permiteme que te mande un correo :)

enric

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Escribo para ti, para mi, para contarte y que descifres cuando quieras lo que necesites. Para hacerte recordar, para guiñarte un ojo, para darte la mano, para sonreír contigo... Gracias por comentar

Remite


  • kay

  • Llegué por casualidad y por una conversación de cafetería envuelta en dudas. Encontré en los paraísos electrónicos los abrazos más auténticos... viajé sola por Kioto, por Dresden, embotellé lluvia y suelto lastre. Ahora sólo escribo, de oficio. Y en septiembre de 2009, años después de posarme para aterrizar, vuelvo a emprender una aventura voladora; desnuda y rellena de letras. bienvenido
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y cristales rotos...
y tus ojos, reinterpretándolo todo



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