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"Doctor S., borrador de recuerdos"


No podía respirar. Aquella bajada estaba haciendo que las fibras de su corbata actuaran de torniquete contra su traquea. Resbalaban las gotas por su frente brillante, y se retiraba con una tarjeta de visita el sudor. Luego lo sacudía, y resbalaba la tinta, en la que apenas ya sí podía leerse "D... S., ...ador de rec...os"

El revés del espejo, que cubría toda la pared, le hacía aparecer como una persona diestra, con la cabeza cubierta de pequeñas escamas blancas, en pleno suicidio. Aquella superficie, lisa y llena de salpicaduras blancas y marrones, tenía la esquina inferior derecha carcomida por el óxido. Él mantenía su pie, junto al lado opuesto, haciéndolo subir y bajar como un plomizo ladrillo trenzado en cuero con cordón, casi pegándose con la suela, en el suelo de círculos de goma verde.

Miró por séptima vez el botón y volvió a hundir el índice en el redondel amarillo. Esta vez, su rechoncho dedo de uñas blanquecinas se dobló sobre sí mismo, mientras la mano cada vez se ponía más rígida. Volvió a secarse el sudor, mientras se pellizcaba el mentón como regulador de la crispación.

Se le nubló la vista cuando volvió a mirar la X junto con varios caracteres ambiguos en la pantalla líquida. Su corazón empezó a bombear más rápido. La sien enrojecía gradualmente. Comenzó a marearse. Y en menos de diez minutos perdió el conocimiento.

La recordó a ella. Recordó el vestido de novia avanzando por el pasillo de la Catedral, el primer vals de la noche, el vestido de bodas crudo, amenazante con una interminable hilera de botones de perla. Sus muslos rodeando sus caderas. Los jadeos entrecortados la noche en concibieron su primer hijo, en la playa de aquella isla. La bicicleta roja de N, y sus manos impulsando la parte trasera del vehículo, con un pañuelo vaquero como cima de una sonrisa infinita. Escuchó su voz llamándole desde el garage. Desde la cocina. Desde la habitación. Y entonces... volvió a escuchar sus gemidos. Volvió a la habitación de matrimonio. Les vio a ellos dos. Se vio a sí mismo. Volvió a ver a L. llorando tras la puerta de la cocina, con las manos cubriendo su cara, pidiéndole perdón.


Y se vio, por fin, llorando en la esquina de un ascensor, abrazándose las rodillas, y lamentando no haber conseguido asesinar todos los recuerdos que aún le ataban a ella.

pffff! cada día flipo más contigo. Pero qué preciosidad!!
escribe ya un libro que nos haga soñar a todos!

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Escribo para ti, para mi, para contarte y que descifres cuando quieras lo que necesites. Para hacerte recordar, para guiñarte un ojo, para darte la mano, para sonreír contigo... Gracias por comentar

Remite


  • kay

  • Llegué por casualidad y por una conversación de cafetería envuelta en dudas. Encontré en los paraísos electrónicos los abrazos más auténticos... viajé sola por Kioto, por Dresden, embotellé lluvia y suelto lastre. Ahora sólo escribo, de oficio. Y en septiembre de 2009, años después de posarme para aterrizar, vuelvo a emprender una aventura voladora; desnuda y rellena de letras. bienvenido
radiografía
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tinta y prosa
y letras e historias con máscara
y cristales rotos...
y tus ojos, reinterpretándolo todo



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